- Las enfermedades tromboembólicas abarcan estados en los que la sangre se coagula de forma anormal formando trombos, o cuando estos no se descomponen adecuadamente, obstruyendo los vasos sanguíneos.
- Los trombos están relacionados con el proceso por el cual las plaquetas, las proteínas plasmáticas y las células sanguíneas se adhieren entre sí; los factores de riesgo pueden incluir cáncer, cirugía, traumatismos, embarazo, ciertos medicamentos y situaciones de inmovilidad prolongada.
- Normalmente, los trombos que detienen una hemorragia se disuelven tras la curación, pero los trombos formados de manera anormal pueden bloquear el flujo sanguíneo o desprenderse y desplazarse hacia otros órganos.
- Los síntomas característicos incluyen dolor, edema y sensación de calor en las piernas o los brazos; dificultad para respirar y dolor torácico en la embolia pulmonar; y alteraciones del habla, de la visión y debilidad en un lado de las extremidades en caso de afectación cerebral.
- El riesgo de trombosis puede variar según la obesidad, el tabaquismo, la diabetes, la fibrilación auricular, la aterosclerosis, el cáncer, los antecedentes familiares de trombosis, determinadas enfermedades genéticas, la cirugía y la inmovilidad prolongada, entre otros factores.
- Los síntomas y la evolución varían considerablemente según la localización y el tamaño del trombo; aunque pueden no ser evidentes, la alteración del flujo sanguíneo puede provocar daños en la función de los órganos.
- El diagnóstico se basa en los síntomas, la historia clínica y la exploración física, combinando, cuando sea necesario, análisis de sangre como el dímero D con pruebas de imagen como ecografía, tomografía computarizada (TC) y angiografía.
- Dado que el dímero D y las pruebas de imagen tienen limitaciones propias, los resultados deben interpretarse junto con los síntomas, el momento de la realización de la prueba y la posibilidad de otras enfermedades.
- El manejo se centra en seleccionar anticoagulantes, trombolíticos o procedimientos de trombectomía considerando la ubicación y gravedad del trombo, así como el riesgo de hemorragia, con el objetivo de reducir el riesgo de nuevos trombos y complicaciones.
- El tratamiento clínico se centra en la anticoagulación adaptada a la situación; en caso de trombos graves o que amenacen la función orgánica, se pueden considerar trombolíticos o procedimientos.